05 junio, 2006

AMSTERDAM. CRóNICA 2.

Nunca he sido muy aficionada a las visitas a las casas natales de los grandes de la historia, sin embargo últimamente, y, desde que estuve en el Castillo de Púbol en Gerona, residencia del surrealista Dalí, he descubierto que las casas se impregnan de las vidas que habitan entre sus paredes, y que hay un sentido o una estética póstuma que -por qué no- dota a los toscos objetos que un día utilizó Goya (en su casa en Fuendetodos), o a las estatuas del jardín del escritor y médico Axel Münthe (en su casa de las cumbres de Capri), de una cierta inmunidad al paso del tiempo, como si quedasen para siempre llenos de historia y de truncados gestos cotidianos.

Así que, si estaba en Amsterdam, tenía que ir a ver la Casa de Ana Frank. Sola.
OPEKTA. Desde que entramos en la casa museo, la típica casa holandesa, el grupo y yo nos movemos por una serie de salas de gran dimensión en la que pantallas enormes ofrecen testimonios de víctimas del holocausto y entrevistas a ex-amigos de la familia Frank, una inquietante visita virtual al horror. Los visitantes nos estamos moviendo por las antiguas dependencias de la Fábrica de mermeladas llamada OPEKTA, que fué el negocio del que vivió la familia Frank hasta que tuvieron que abrir una puerta detrás de una falsa librería, para subir unas siniestras escaleras de las que tan sólo bajarían, cinco años después, para ir al campo de concentración.
La visita realmente empieza detrás de esa librería- trampa. Reconozco que había leído el Diario de Ana Frank de pequeña, y me había impactado bastante. Ahora entiendo la diferencia entre ficción y realidad, y también, cómo, la creación literaria a veces no es más que una trampilla por la que se escapan los sueños y las pesadillas.
Lo que más se me ha quedado grabado es la falta de luz de las estancias, ya que tenían que estar continuamente con las gruesas cortinas negras echadas, como si no viviera nadie. La casa-zulo no es tan pequeña como imaginaba, supongo que lo que la hace tan triste es el miedo, la falta de libertad, la convivencia enquistada y sigilosa, dónde las risas y los llantos no eran más que susurros ahogados.
La verdad es que empecé a acelerar el paso a medida que íbamos ascendiendo por las buhardillas y los desvanes, como si me faltara el aire húmedo de Amsterdam, tan sólo hubo una habitación en la que parecía que uno hubiera podido imaginar una existencia con algo de esperanza. Era la habitación de Peter Van Peels, amigo de la familia, que tenía una pequeña escalera que daba a una especie de desván con una gran ventana de ojo de buey desde la que se veía el cielo. También se veían útiles de pintura, pinceles y un caballete. Por un momento entraba la luz. Me hubiera gustado haber conocido a ese tal Peter.
Por fin me encontré fuera de la casa, ya entre los reconocibles souvenirs de la tienda del museo, en la que parecía que los miembros de la Familia Frank y hasta la propia Ana Frank, no eran más que un subproducto de consumo para el turismo voraz y torpe de nuestros tiempos.
Como dato curioso deciros que entre las muchas versiones del Diario traducidas a todos los idiomas que se vendían en la tienda, tan sólo la versión española era la que estaba agotada.
Ah! también vendían camisetas, bolis y tartas con la cara de Ana Frank estampada en azucar quemado.
Afuera alguien me esperaba, empezaba a llover debilmente, y era la hora de comer.
SantaPatricia.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Te felicito por el artículo.
Estuve en Capri hace años pero no visité la casa del médico del que hablas.
Lo que no olvidaré nunca, es la taberna Anema e Core, con la orquesta de Guido Lembo. ¡Qué noche!

Anónimo dijo...

Entiendo que te impresionara la casa. Yo descubrí el holocausto a través de una exposición de pintura de Sara Atzmón, superviviente de Auschwitz. Sara nos contaba cómo viajaron durante días hacinados en un tren, haciendo sus necesidades en un cubo que rebosaba inmundicias, luchando contra su pudor, para luego llegar a ese terrible destino en el que se peleaban por quitarle los zapatos a algún cadáver... ella vió el cuerpo sin vida de Ana Frank, y no le impresionó, porque era uno más...

Por cierto, todos los días que estuvo en la exposición, contando sus recuerdos, habló de Angel Sanz-Briz, jefe de la legación española en Budapest que salvó a 5.200 judios... ¡¡bajo las órdenes del gobierno español!!

Anónimo dijo...

Querido anónimo: Eso de "bajo las órdenes del gobierno español" poco o nada tiene que ver con la realidad. A decir verdad fué completamente a escondidas del gobierno, y saltándose con la gallardía de un hidalgo los trámites oficiales sobre concesión de visados. Llegó a ser expedientado y prácticamente marginado del Cuerpo Diplomático... Un auténtico caballero que antepuso la dignidad (la suya propia y la de las víctimas) al "oir, ver y callar" que le habrían aproximado al éxito profesional.

Anónimo dijo...

Querido anónimo muchas gracias por la información,no conocía la historia de Angel Sanz- Briz, tan sólo la de Schindler como buena adicta a la cultura americana, supongo que existieron muchos héroes anónimos...estuve viviendo en Alemania y la verdad es que el tema del Holocausto sigue muy vivo allí, se sienten muy culpables y se avergüenzan si sale el tema.