
Quienes no estaban en la jugada me miraban como a un loco al que fuera necesario internar. Quienes compartían el secreto me veían con recelo como un riesgo que fuera necesario eliminar.
Casi decidido a abandonar sorprendí una conversación entre dos árboles delgados a los que una ráfaga de viento repentino despojaba de sus últimas hojas.
Al atardecer.
La reunión se celebraría al atardecer.
Y aquí estoy,
cuando cae el sol.
Ellos van llegando.
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